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Viaje prohibido I.

Vamos en un bote por el lago que nos lleva rumbo a una fuente de calor: las termas. Hay bruma pero no esta frio. Yo llevo una vestido ligero blanco con flores celestes, obviamente sólo con una pantaleta blanca bajo él.

Hemos pasado unas cuantas horas por el lago conociéndonos y despertando luego de 20 años.

La inmensidad del largo viaje fue opacada ante el conocimiento de ambos cuerpos que seguían entrelazados y que trataban de mantener aquel momento intenso pero a la vez ingenuo.

El agua nos conducía innegablemente a la entrada de aquella fuga de calor proveniente de la tierra que era tan intensa como la nuestra.

Es así como el agua termal se confundía con el sudor de los cuerpos que se fundían uno al otro y se volvían uno.

El tiempo que había transcurrido había servido para que aquel momento fuera todo lo que no fue. Su mirada erotizada con la figura de aquella niña que ya era toda una mujer y mis oídos afrodisiacos escuchaban lo que su boca me susurraba……

Sólo la salida de aquel lugar, a través de una cascada de fría agua de vertiente, logró volver a los amantes al curso del lago mientras sus cuerpos extasiados regresaban a aquella cabaña que los esperaba para comenzar otra vez en un círculo infinito de placer.

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No se requiere de grandes discursos para sentir. Ni siquiera palabras ostentosas. Sólo sueños, ilusiones, roces. Eso es lo que hace Leo Mendoza en este breve relato con el que iniciamos este viaje…

La cinta se la trajo una amiga de Brasil. A decir verdad le regaló un montón. Se llamaban lembranças o fitas do Senhor do Bonfim do Bahia. Cuando se la amarró, le dijo que cerrara los ojos y pidiera un deseo. La deseó a ella, aunque jamás se lo dijo. Su amiga le explicó que debía conservar el listón hasta que se cayera solita y entonces su petición se haría realidad. Pasaron los años, ella tuvo varios novios, vivió seis meses con uno y con otro se casó. La cinta seguía ahí en su muñeca, convertida en un hilo e irrompible a pesar de sus tirones y el desgaste. Cuando ella se divorció, cuando le habló con el fin de salir, de tener otro tipo de encuentros, entonces y sólo entonces, la cinta reventó como por arte de magia. Pero él ya no la deseaba. Entre el puñado de recuerdos que atesoraba encontró una de aquellas lembranças y supo qué debía hacer: le pidió a una compañera de la oficina -de cara y trasero redondos- que lo atara a aquel nuevo deseo.

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